Rainer Maria Rilke y Eugenio Florit
Publicado el 06-30-2012
La lectura de poesía
Por Armando Álvarez Bravo
La lectura de poesía ya es para demasiados algo insólito. La formación literaria, los gustos y el estilo de vida han cambiado y cambian cada vez más vertiginosamente. No siempre por desgracia para mejor. Ese proceso, al que ahora se suma el libro electrónico que ya se considera una imperiosa necesidad, ha impuesto al gran público otro tipo de lecturas. Casi siempre, con independencia de algunas escogidas obras de valía, lo que actualmente predomina es la lectura de “bestsellers” de todo género, que pasan vertigosamente de la demanda al olvido. En una palabra, la gran demanda de los lectores son los libros que los entretienen aunque en nada los enriquecen.
Leer poesía comienza por ser un acto de entrega. Un adentramiento en las ideas y experiencias del poeta y su interpretación de la realidad. No termina con la lectura de un poemario. En verdad, esa lectura es tán sólo el comienzo de participación de un universo al que tiene que volverse para seguir hallando nuevas perspectivas y certidumbres que son consustanciales a la belleza, la desnudez, la evidencia y el enigma de los versos. Ellos son la misma vida. Cada relectura de un poemario es una nueva lectura.
Al paso del tiempo escogemos a nuestros poetas. Esa selección es producto de afinidades y puede serlo también de desencuentos. Ambos nos brindan una mayor comprensión de lo que somos en el espectro en que se cumple nuestra existencia por encima de lo temporal. Una expresión del siempre.
La poesía es para mí una imprescindible e insoslayable necesidad desde que mi madre comenzó a leermela en mi infancia. Cuando comencé a leer muy tempranamente, yo favorecía “El libro de la poesía”, que figuraba en cada tomo del fabuloso Tesoro de la juventud. Había cosas en aquellos excelentes y bien seleccionados poemas que no comprendía cabalmente. Sin embargo, eran catalizadores de mi imaginación, me adentraban en el ámbito de la fantasía que es la otra cara de la moneda de la realidad. Ese tiempo fue el umbral de mi tenaz lectura de toda suerte de poemarios, tanto buenos como malos. Esas lecturas fueron depurando mis gustos y preferencias de poetas y poemas. Es un aprendizaje y una inconmensurable ganancia que nunca termina. Ya mayor, en ocasiones sigo descubriendo con enorme placer y beneficio poetas y obras que tocan mi vida y devienen parte de ella. Así, a estas alturas, no vacilo en señalar que los poetas que me tocaron y marcaron esencialmente y que siempre me acompañan son Quevedo, San Juan, Martí, Casal, Rimbaud, Mallarmé, Rilke, Trakl, los Machado, Perse, Eliot, Lezama Lima, Pound, Olson, Juan Ramón, Benn, Quasimodo, Cavafis, Beckett, Baquero, Borges, Florit, Paz y Bukowski.
Creo que el proceso de mi adentramiento en la poesía es común a los verdaderos poetas. En algunos con más intensidad que otros. No obstante, sospecho y temo que hay un número de poetas que se conforman con el conocimiento de limitados poetas y zonas de la poesía. Considero que eso conspira contra su propia obra. La razón es palmaria. Falta entrega, disponibilidad. En la poesía radica la posibilidad, encarnación y esencia de nuestro ser y estar. La poesía tiene un carácter sacramental de incorporación, descubrimiento, rescate y posesión. Hasta en su más secreta intimidad y enigma es un luminoso e inabarcable horizonte de plenitud. En su latido se fija lo ínfimo y lo inmenso. Se posee de forma inexplicable lo perdido. Se conjura lo deseado. Se revela lo posible y su reverso. Se es artífice del más.
En el mundo al revés en que estamos sumidos hemos sido despojados y nos despojamos a nosotros mismos de muchas cosas que son esenciales al vivir. Esto se explica con arrogante suficiencia alegando que son innecesarias, superfluas. Una de las manifestaciones de ese disparate, en que tanto gravitan negativamente la vanidad y el exigente afán de poseer y estar al día, es que cada vez más se lee menos poesía. De hecho, hacerlo casi se reduce a la excepcionalidad. Es una insólita rareza. Así, el culto a lo inútil predomina sobre la razón de lo verdadero e imprescindible por esencia.
Hay dos cosas que al paso del tiempo he aprendido bien y que aun en las más difíciles circunstancias y situaciones mucho me han ayudado a sobreponerme a la adversidad. Una es la oración. La otra es la poesía. Por muy solo y mal que se esté, además de orar, la lectura de un libro de poesía y, a falta de libro, el decirme a mí mismo un poema que aprendí e hice mío son un real alivio. Creo que no puedo hacer mayor invitación a la lectura de poesía. Es una de las grandes cosas y dádivas que tenemos a nuestro alcance.
|