Publicado el 06-02-2012
Del difícil oficio de escribir
Por Armando Álvarez Bravo
Comencé a escribir muy temprano en mi adolescencia. Me llevó a ello ese enigma que llamamos vocación. Entre otras cosas creo que fue producto de mis voraces lecturas y el mundo fabuloso que ellas me entregaban. Siempre fascinado por los juegos, que no cesan de fascinarme, escribir era un juego distinto, maravilloso, lleno de infinitas posibilidades. A pesar de mis cortos años, esas lecturas me revelaron que en la escritura uno podía contar, cambiar, inventar y transformar la cotidianidad por encima y más allá del tiempo y las circunstancias. También, y esto sigue siendo importantísmo para mí, que un hombre puede ser todos los hombres. ¿Se puede pedir más?
En ese espíritu escribí mis primeros cuentos y poemas. Cada uno de ellos era para mí un dominio inabarcable. Claro que en esa época no sabía escribir como se debe. Eso lo fui aprendiendo al paso de incontables páginas y el tiempo. Llegó un momento en que comprendí sabia y prudentemente que esas páginas no eran mi verdadera poesía y prosa. El sentido crítico es algo que se adquiere de manera paulatina a fuerza de lecturas y también de lo que el escritor quiere y necesita decir. Ese sentido fue encarrilando mi escritura y acendrando en mí el espíritu de perfección creativa, de obra hecha.
Casi vísperas de mis veinte años, y ya más seguro de mi quehacer, tuve la inmensa suerte de que la revista Bohemia publicara mi primer cuento. Cuando lo vi reconfirmé que no podía ser otra cosa que un escritor. Además, me hice la ilusión que era un trabajo tan fabuloso como bien remunerado. Que se podía vivir de lo que se escribía. Bohemia me pagó muy bien por ese cuento, al que siguieron otros con la misma suerte. Mi primer poema no lo publiqué en Cuba sino en los Estados Unidos, en una revista literaria de un prestigioso college.
Tras esos estupendos comienzos, el totalitarismo castrista cambió mi vida y la del país, que sigue hundiéndose en el horror y el desastre. Mi carrera literaria fue atacada con virulencia y me redujo a la condición de no persona. Así la padecí y, lo que es peor, por mi culpa mucho sufrieron y pasaron los míos hasta que logré, separado de mi familia, salir al exilio. En ese tiempo de terror y represión nunca dejé de escribir, aunque fuera para la gaveta.
El exilio fue para nosotros dos cosas: tener la posibilidad de elegir y comenzar una nueva vida a partir de cero. Salimos con lo puesto. Y yo seguí escribiendo y publicando. A Dios gracias, pude ganarme la vida trabajando como un galeote en mi oficio. Hacerlo no ha sido nada fácil para mí. He tenido que soportar cosas que otro con menos resistencia que yo no hubiese soportado. El exilio no es precisamente miel sobre hojuelas.
¿Qué he tenido en mi contra? Mi fe; principios y valores; la creciente influencia que tienen en el exilio los agentes castristas y los eternos oportunistas que se multiplican como el guao; la complicidad con el régimen totalitario de sectores de la academia, los medios y el mundo editorial; el no pertenecer a ninguna bandería y grupo; la nefasta envidia desatada por la mediocridad; no hacer el juego a lo que considero deleznable y, sí, mi obra y mi labor por la cultura cubana.
¿Qué he tenido en mi favor? Los elementos positivos de la previa enumeración; el apoyo de mi familia y la amistad y el reconocimiento de los que se han acercado a mi quehacer y lo han valorado con inteligencia, compresión y real sentido crítico. Soy su deudor. Ellos no pueden imaginar lo que significan para mí sus juicios y respaldo.
Ser como yo un poeta y escritor exiliado no es nada fácil. Puede ser bien ingrato. Se carece del marco natural que corresponde a su vida y obra. Ese ámbito en que la escritura tiene el privilegio de estar en su sitio con todo lo que esto conlleva. Porque sólo en el propio espacio y cultura, siempre que impere la libertad, es posible escribir sin padecer la gravitación de lo ajeno en la propia identidad.
En la Cuba totalitaria escribí en ese espacio y cultura arrebatados. En el exilio lo hago con plena conciencia de su ausencia. No menos y tanto, siempre pensando en su libertad, democracia e imprescindible justicia para cuando encarnen pueda de una vez por todas acceder a la senda de su pendiente posibilidad.
Yo juego mucho con mi nieta, Ana María, y le digo que soy mago, inventor, todo lo que se me ocurra. Ella siempre me rectifica diciéndome: “Abuelo, tú eres un poeta y un escritor”. No tiene idea en su inocencia cuán difícil es serlo”.
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