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La Dra. Beatriz Varela Zequeira en Ruston Academy, La Habana, 1960.


Publicado el 05-23-2012

Mis recuerdos de Beatriz Varela Zequeira

Por Uva de Aragón


Septiembre de 1956 marcó un punto de giro en mi vida. El día 28 de ese mes mi madre se casó en segundas nupcias con Carlos Márquez Sterling, y él y su hijo Manuel se mudaron a vivir con nosotros. Fue como si nuestra casa, ensombrecida por la larga enfermedad y muerte de mi padre en enero de 1954, se iluminara de sol y alegría. Semanas antes había comenzado a estudiar el Ingreso al Bachillerato en Ruston Academy, que estrenaba un nuevo y moderno plantel en el Reparto Biltmore. Era un colegio bilingüe para hembras y varones, laico y de altos estándares académicos, que propiciaba un clima ideal a la jovencita curiosa e inquieta que era yo entonces.

Tuve allí muy buenos maestros y compañeros, muchos de ellos aún hoy amigos entrañables. Pero hubo tres profesoras en especial --siempre andaban juntas por los pasillos del colegio--, que influyeron en mí de manera singular: Margarita Oteiza, Alicia González-Recio y Beatriz Varela. Miss Oteiza enseñaba inglés y premiaba nuestra buena conducta leyéndonos los viernes a Edgar Allan Poe. La teoría sobre el cuento de este escritor americano ha sido eje de mi narrativa desde entonces. El amor por la historia que me inculcó la Dra. González-Recio me llevó a enfocar todas las disciplinas --desde la literatura a la política internacional-- en un marco histórico que ha esclarecido y enriquecido mis estudios, mi periodismo, mis viajes.

La Dra. Beatriz Varela fue mi profesora de español en primero y segundo año de Bachillerato. Ya en quinto grado Gloria Santullano, exiliada española, me había enseñado bien los rudimentos de nuestra gramática. En Ingreso, el Dr. José Russinyol se ocupó de que no hubiera regla ortográfica que sus alumnos no aprendiéramos. Con la Dra. Varela comenzó un estudio más profundo de nuestro idioma. Era severa, y un tanto irónica. Con frecuencia se refería a “la ignorancia supina” de los alumnos, frase que mucho después supe repetía también uno de sus propios profesores, el Dr. Arístides Agüero. Sus clases eran de claridad meridiana. Los estudiantes la respetábamos, pero no le temíamos. Se fue ganando nuestro cariño.

Recuerdo una ocasión en que explicaba los acentos diacríticos y le pregunté si se utilizaba una tilde para distinguir el “di” de dar, como “Le di los libros”, del enfático del verbo decir, como “Di la verdad”. Me aseguró que no. Pero a esa edad, aunque tímida para muchas cosas, era muy atrevida para otras, y le insistí en el asunto. Tan pesada debí ponerme, que terminó así la discusión: “Pues si no está conforme, escríbale a la Real Academia de la Lengua”. Y eso hice, ni corta ni perezosa. Pocos días después recibí respuesta de José María Chacón y Calvo --carta que aún conservo-- y apareció además un artículo en “Diario de La Marina” del académico Juan Fonseca, en que me daba la razón, aunque explicaba que mi sugerencia no se avenía a la tendencia de la Academia de eliminar los acentos en los monosílabos. Le llevé ambos papeles a Beatriz Varela con una mezcla de temor e íntima satisfacción. Ella, sin embargo, mostró gran alegría y me dijo algo que nunca he olvidado: “Uva, cuando uno no está conforme con una regla, debe quejarse y argumentar con quienes las hacen. Por eso le lancé el reto…”

Nunca presentí, ni creo que aquellos maestros y alumnos tampoco, pese a la violencia que enrarecía al país, que nuestro mundo fuera a derrumbarse poco tiempo después. Beatriz Varela, que había estudiado en el Ruston y era graduada en Filosofía y Letras de la Universidad de La Habana, pasó como todos, muchos apuros en sus primeros años de exilio, pero completó una maestría en la Universidad de Tulane, y fue por varias décadas profesora titular de la Universidad de New Orleans, donde enseñaba lingüística. Publicó libros, artículos académicos y fue miembro, primero correspondiente, y después numeraria de la Academia Norteamericana de la Lengua Española (ANLE) y miembro correspondiente de la Academia de la Lengua Española, así como de otros países. En fin, tuvo una carrera académica brillante.

Cuando publiqué mis primeros libros, le mandaba siempre un ejemplar, y sobre todos ellos guardo cartas suyas --algunas escritas a mano-- reiterando el orgullo que sentía por los logros de su antigua alumna. Después de su jubilación se mudó para Miami, y la veía a menudo en actos culturales, veladas del Instituto Jacques Maritain de Cuba, y reuniones de alumnos y maestros de Ruston Academy. En una de las conferencias auspiciadas por el Cuban Research Institute de la Universidad Internacional de la Florida, la Dra. Ana Roca, también lingüista, organizó un panel en su honor. La Dra. Varela estuvo presente, y mucho agradeció los elogios que se le dedicaron. Hace unos dos años, fui nombrada miembro correspondiente de la (ANLE) y tuvimos una reunión del capítulo de Miami en uno de los salones de FIU. Fue la última vez que la vi.

La Dra. Beatriz Varela Zequeira falleció en Miami el pasado 27 de abril. Había nacido en 1928, así que tendría o hubiera cumplido este año 84 años. Con ella se muere un poco de aquella etapa feliz de mi vida entre 1956 y 1959 --después de la boda de mi madre y antes del largo exilio--, en que en mi hogar renacía la vida y en el Ruston mis maestros y compañeros estimulaban mis inquietudes intelectuales. Lo que aprendí de Beatriz Varela en particular, me ha servido mucho más de lo que entonces podía imaginar. Me pregunto ahora si se lo dije lo suficiente, si sabía que aunque compartiéramos como colegas y miembros de la ANLE, ella siguió siendo siempre mi Maestra, así, con mayúscula, y que aquel reto que lanzó a una muchachita de trece años me dio ánimo a lo largo de la vida para desafiar los absurdos establecidos que encontraba a mi paso. Sé que de igual forma, sus enseñanzas han sido lecciones de vida para muchos de sus alumnos.

La muerte de los seres queridos, aunque dolorosa, tiene la virtud de devolvernos a las personas en su plenitud. Ahora veo de nuevo a Beatriz Varela por los pasillos de mi vieja escuela y frente al aula, acusándonos de poseer una “ignorancia supina”, que ella supo disminuir inculcándonos conocimientos y amor por nuestro idioma, al punto de que pudimos defenderlo y preservarlo cuando nos vimos rodeados de inglés y nieve. No la lloro. La honro esforzándome día a día por escribir mejor.

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