"REFORMAS"

Los negocios privados en Cuba no pueden recuperar la inversión

La mayoría de los cuentapropistas no tiene suficiente dinero para soportar las pérdidas iniciales al abrir un negocio

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Una barbería privada en La Habana. (AP)

LA HABANA/ IVÁN GARCÍA/ Especial para DLA

Hace cuatro años, para Erasmo G., abrir un minúsculo negocio fue como la fiebre del oro del siglo XIX en el Oeste americano. Un segmento amplio de cubanos deseaba hacer dinero, pero no sabían bien cómo lograrlo.

Eran "hombres nuevos", reciclados al capitalismo estrambótico y primitivo aupado por una autocracia e impulsados por bajos salarios, perpetua crisis económica y una inflación creciente. A la carrera, montaron algún pequeño negocio, más o menos serio, o simplemente de corte medieval.

“En Cuba, por falta de información y conocimientos empresariales, la gente suele ver las cosas en blanco y negro. Se piensa que cualquier ‘bisne’ [negocio] siempre va a dejar ganancias. La mayoría desconoce técnicas de mercadotecnia, ventas y publicidad para atraer clientes. Y aunque las conozcan, los altos impuestos, controles excesivos, el bajo poder adquisitivo de la población y la ausencia de un mercado mayorista, dificulta obtener ganancias sostenidas en un negocio”, explica Erasmo.

En el otoño de 2010, tras los nuevos aires de reformas económicas y la ampliación del trabajo particular, el régimen calculaba que los negocios familiares absorberían al millón y medio de empleados estatales que quedarían en el paro. Hasta el momento hay registrados unos 467.000 cuentapropistas.

Durante 12 años, Erasmo había elaborado pizzas en un restaurante estatal de baja categoría. “Mi hermano que reside en Estados Unidos me envió 1.200 dólares. Con mi esposa y nuestro hijo mayor, en el portal de la casa abrimos un puesto de venta de pizzas y espaguetis caseros”, cuenta.

“Vendíamos pizzas de queso, jamón, cebolla y hawaiana, y diversos tipos de espaguetis. También refrescos instantáneos y jugos de frutas. Invertí mil dólares en comprar dos hornos eléctricos, utensilios de cocina y una reparación mínima al portal de la casa. Resido en una cuadra alejada de la afluencia de público y las ventas siempre estuvieron flojas. Además, cinco o seis vecinos del entorno, también abrieron cafeterías y pizzerías”, relata Erasmo.

En un día promedio, las ganancias de Erasmo, su mujer y su hijo no superaban los 20 dólares. “Lo obtenido lo repartíamos entre los tres. Los precios de la harina y espaguetis subieron en el mercado negro, igual que otros gastos, como el pago del consumo eléctrico y el dinero por debajo de la mesa que hay que darle a los inspectores estatales, apenas nos dejaban beneficios”.

Al año y medio de inaugurar su pizzería, Erasmo comenzó a tener mermas. En el verano de 2011 entregó su licencia. En una reunión del Consejo de Ministros, celebrada el pasado 21 de junio, se informó que 2013 había cerrado con 444 mil trabajadores por cuenta propia. Pero según el disidente Manuel Cuesta Morúa, en 2013, el 20% de los cuentapropistas "habían devuelto sus licencias, porque les era absolutamente imposible seguir adelante con su actividad".

En la primavera de 2012, Justo R. abrió una fastuosa paladar en el barrio habanero de La Víbora. “Entre reformas y compra de equipos de cocina gasté 10 mil dólares. A ello hay que sumar el pago diario a un cantinero, un cajero, dos cocineros y dos dependientas. Más los elevados impuestos y el quebradero de cabeza para conseguir comida de manera legal”, confiesa.

En el patio trasero de su casa levantó un amplio ranchón con 50 sillas y una barra de caoba surtida con rones añejos y whisky, desde Bacardí a Jack Daniel’s. “Tenía una pequeña reserva de vinos españoles y franceses. Y estaba pensando contratar un pianista”, dice, mientras señala el piano de cola tirado en un rincón.

Pero las ventas nunca fueron buenas.

"Para que un negocio se establezca y funcione se necesitan de cuatro a cinco años, pero el problema en Cuba es que la mayoría de los cuentapropistas no tiene demasiado dinero para soportar pérdidas por tanto tiempo. En mi zona apenas hay paladares. Creía que por el glamour y la buena cocina iba a triunfar. Me equivoqué. La gente de los alrededores se lo piensa antes de gastar 50 o 60 cuc en una cena. Y cuando tienen el dinero, los viboreños prefieren ir a paladares, restaurantes o discotecas del Vedado, Miramar o la Habana Vieja”, relata el empresario en ciernes.

A pesar de abrir una página en internet y anunciarse en la Guía Telefónica, las ventas no despegaban. “No pienso entregar la licencia. He gastado mucha plata. Pienso arrendarle el negocio a otra persona manteniendo yo la licencia”, expresa.

Arrendar o traspasar el negocio es un nuevo fenómeno que viene ocurriendo en algunos emprendimientos privados, sobre todo de hospedajes, gastronómicos y transportes.

“Ha surgido un grupo de ‘nuevos ricos’ que te hacen propuestas, para mantener a flote el negocio. No me queda claro si es legal y dónde sacan la plata. Se rumora que muchos están lavando dinero estafado al Medicare en Estados Unidos o son personeros del régimen que echan a correr el dinero. Igual compran varias cafeterías, paladares o varios autos viejos estadounidenses para alquilarlos como taxis”, señala Gerónimo T., expropietario de un negocio de hospedaje que entregó su licencia debido a las pérdidas.

Carlos H, economista, considera que “las reglas de juego implementadas por el gobierno están diseñadas para que los privados no acumulen demasiado dinero".

"Además, para obtener beneficios elevados hay que moverse en el terreno de las ilegalidades o tener contactos con gente poderosa en empresas del Estado que te suministren provisiones a bajo costo. Desde hace un par de años, de manera solapada, un grupo de personas de las cuales poco se conoce, han ido acumulando pequeños negocios", asegura el experto.

Probablemente, cuando comience el otoño, Justo el dueño de la paladar arruinada, dejará de ser el propietario para convertirse en trabajador asalariado. El negocio seguirá a su nombre.

Pero las cuentas, suministros y publicidad pasarán a manos de otras personas. “Antes de perder mi dinero, creo que es la mejor opción”, dice Justo con resignación.